La muerte aparece cuando menos lo imaginamos. Un día esa persona está riendo, hablando o haciendo planes, y al día siguiente simplemente ya no está. Ese cambio tan rápido hace que el mundo siga como si nada, mientras uno se queda ahí, tratando de entender por qué la vida puede seguir cuando alguien tan importante ya no está con nosotros.
A veces no lloramos por lo que pasó, sino por lo que ya no pasará. Por esas cosas pequeñas que antes no valorábamos y ahora duelen como si fueran gigantes. La mente vuelve a lo que fue, aunque el corazón trate de avanzar.
Pero incluso en ese peso, los recuerdos también son un recordatorio de que lo que sentimos fue real. Que el amor existió. Y aunque duele, también es una forma de no perderlos del todo.
Comentarios
Publicar un comentario